¿Nos esforzamos demasiado con nuestros hijos?

¿Nos excedemos en busca de lo mejor para ellos?

¿Realmente es bueno para ellos que nos dediquemos tan a fondo?

Los padres de ahora

Todo padre siempre ha buscado lo mejor para sus hijos y nuestra sociedad actual no es distinta en eso a otras. La diferencia está en el esfuerzo dedicado. Si otras generaciones se afanaban por proporcionar a sus hijos un buen alimento, educación y una posibilidad de futuro; la nuestra ya suple éstas necesidades con cierta facilidad y busca aportar más hacia el bienestar del niño.

Tratamos de encontrar el mejor colegio, las más prometedoras extraescolares, los juguetes más educativos, tiempo para dedicarles,… Nuestros hijos deben ser los más felices.

Autoexigencia y exigencia

Vivimos en una sociedad marcada por la exigencia de la felicidad. La publicidad y las redes sociales empujan al individuo a ser feliz por obligación en todo momento: vacaciones perfectas, amistades perfectas, físico perfecto, familia perfecta.

No es que la felicidad sea un mal objetivo. En realidad es el mejor objetivo para toda persona. El problema radica en identificar la felicidad con la alegría.

Todo individuo pasa por diferentes estados emocionales en su vida. Hay momentos que nos llevan a la tristeza, a la ira, al miedo, a la alegría… Y no podemos pretender estar alegres en todo momento y ocasión (que es con lo que nos bombardean redes sociales y anuncios).

Es esta exigencia social de alegría constante, la que a menudo, trasladamos a nuestros hijos. Queremos que estén siempre bien, siempre contentos. Y en muchas ocasiones minimizamos o tratamos de cambiar artificialmente otras emociones que experimentan.

Hacia la autogestión

Como padres, en busca de ese bienestar constante de nuestros hijos, tratamos de controlar todo su entorno. Buscamos su alegría manipulando situaciones, proporcionándoles experiencias cada vez más extraordinarias, comprando las mejores cosas para ellos, dándoles la formación más completa.

Manipulamos aspectos materiales en lugar de dejarles experimentar y dotarles de herramientas de gestión emocional.

La felicidad de nuestros hijos no va a estar en nuestras manos siempre. No vamos a poder controlar su entorno siempre. No somos totalmente responsables de su felicidad, porque su bienestar depende de múltiples factores que no podremos manejar.

Nuestros hijos necesitan lo mismo que los de otras generaciones: límites, seguridad, ser escuchados, jugar, relacionarse, experimentar, sentirse queridos, apoyados y respetados.

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